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Ray Romano se ha hecho un poco gafapastaRomano triunfó como las Grecas en la CBS con Raymond --un éxito para cuya explicación se ha construido el Gran Acelerador de Hadrones del CERN-- y se ha tomado un tiempo en regresar a la tele con Men of a Certain Age. De hecho, ha llevado más de un año hacer el piloto y continuarlo, pero todo este deambular parece haber merecido la pena. La TNT tiene un producto de cierta enjundia entre sus manos. Men of a Certain Age se vertebra en torno a tres cuarentones que llevan una vida sin demasiados sobresaltos; Joey (Romano) es un empresario recién separado de su esposa que coquetea con la ludopatía; Owen (Andre Braugher) es un padre de familia que detesta su trabajo de vendedor de coches, pero lo tolera a la espera de que el dueño del negocio --su padre, cuyos modos detesta-- se jubile y se lo deje todo; y Terry (Scott Bakula) encarna al típico maduro musculitos yanqui, que alterna su trabajo de oficina con saltar de cama en cama y tapar las entradas peinándose el flequillo hacia adelante. Los tres colegas se enfrentan a sus frustraciones y dilemas en la sobremesa o haciendo senderismo, dándose cuenta de que la vida dista mucho de estar resuelta hacia los cincuenta, aunque la viven con resignación, sin sazonarla de la consabida crisis. El drama se toma a sí mismo en serio e intenta huir de los clichés esperables. Como extra superplús, se agradece que, a pesar de ser de cable, los guionistas huyan de sexo con cabras, diálogos forzadísimos, secuencias oníricas donde el protagonista se coma su propia cabeza, silencios inverosímiles o planos picados de pies con juanetes para representar la insoportable levedad del ser. Dadle un tiento, a ver si os hace tilín u os aburre a muerte. A mí me ha reconciliado con el clon adulto de Zach Braff. Morralla¿Nunca os ha pasado que alguien os dice «Tienes que aguantar los primeros 50 capítulos de esta serie y entonces empiezará a gustarte»? A mí me pasa de vez en cuando y entonces decido no empezar a verla o, al menos, no inmediatamente; no me sobran 50 horas, se me hace un aperitivo larguísimo. Las series de cable suelen ser así. Habrá gente que diga que soy un garrulo por afirmar tal cosa. No se molesten en juntar las letras, lo damos por sentado y les ahorro el trabajo. Con un par de excepciones, solo he disfrutado levemente de los dramas de cable cuando he estado deprimido (y medicado) o cuando me he visto las temporadas en cuestión de días. Su formula --que la tiene-- está tan diluida y a veces tan dispersa, que hay que bucear mucho para rescatar las perlas. Es otro mercado, es otra manera de contar las cosas... no vamos a descubrir nada a estas alturas. De nuevo medicado (esta vez antibióticos), por fin he hincado los dientes al tercer año de Mad Men. Por Santa Bárbara, ¡esta serie es pura morralla! Aunque está tan bien presentada que no puedes dejar de verla. Un episodio y otro episodio y otro más... y se pasan media docena, te preguntas por qué January Jones tiene trabajo y encima allí no ha pasado nada. Eso sí, de vez en cuando encuentras el principio activo en una secuencia, en un diálogo, en una escena y, ¡zas!, ya estás enganchado para media docena más. Menudo pedregal este tercer año de Mad Men. Una decena de secuencias apreciables y tres escenas míticas en trece episodios de un drama multipremiadísimo, ¿estamos locos o qué?. Debe de ser un nuevo récord mundial. Eso sí, cada vez que alguien diga «Shut the door, sit down», no podré evitar sonreír. Creo que se la voy a regalar a mis padres por Reyes y revisionarla. Fijo que en español está diez veces mejor. Os dejo ya. Quería acabar 2009 con este pensamiento positivo enmarcado dentro de la habitual provocación de este sitio. Como siempre, huid de los especiales navideños, de la comida grasienta y del alcohol. ¡Ah! Las campanadas por la radio en familia tienen muchísimo más encanto. Y, hablando de radio, también os emplazo a que escucheis nuestras tertulias televisivas, las mejores que se hacen en España sin duda alguna. ¡Hasta el año que viene! A propósito de Sensación de vivirHace unas semanitas, tuve la oportunidad de compartir mesa y mantel con mis teleginias, bytheMontse, la telepatrullera Marisa, nuestra Rosa y algunos seriófilos en la nómina de Canal+, en el tercer tiempo del I Festival de Series de Madrid (os lo contamos en la tertulia, ¿os acordáis del capítulo 5?). En esa reunión tan gastronómica surgió el tema de Sensación de vivir y constaté algunas cuestiones que me venía temiendo desde hace tiempo.
El tiempo ha terminado por difuminar el exitazo sin precedentes que tuvo Sensación de vivir en la España de los 90. Es normal que los veinteañeros tempranos de ahora apenas lo recuerden porque eran jóvenes o traten a la tele antigua con desdén, pero me da rabia que los treintañeros actuales estemos olvidando aquel impacto total que tuvieron Darren Star y Aaron Spelling en nuestras vidas, mayor incluso que el de series actuales.
En el momento álgido de la serie, Telecinco hizo una maniobra de doble tirabuzón publicitario que nos fundió los plomos a todos: se trajeron a Ian Ziering y a Brian Austin Green a España para pasearlos un poco por el Foro y colgarlos del brazo de Arantxa del Sol. Madrid se paralizó y hordas de fanes tomaron el aeropuerto para besar el suelo por donde pisaban. Años después, Ziering aún recuerda que el mismo ejército tuvo que abrir paso y sacarles del avión de la que se lió en Barajas. Minuto 1:00 del vídeo: Lo que muchos han olvidado --quizá reprimido-- es el segundo frente de ataque de Telecinco: el cruce de Sensa, Hablando se entiende la basca y su magazine juvenil La quinta marcha. Sí, hubo un momento en que tener cinco marchas en el coche (y las palabras «marcha» y «basca» en sí mismas) era increíblemente moderno. Mientras Chicho tocaba a las bailarinas de Tutti Frutti, alguien pensó en hacer un cásting de dobles de los actores de la serie y durante semanas, los aspirantes a Brandon, David, Kelly y, ¡glups!, Andrea que tenían DNI español se pasearon por los platós de Telecinco. Todos queríamos tener a una Brenda en nuestras vidas y soñábamos con ir al supermercado y cruzarnos con Kelly Taylor comprando una lata de atún claro Isabel, pero nuestros delirios pronto se dieron el castañazo con la realidad. Las Brendas de Alcobendas, las Alcobrendas, distaban mucho de tener los pómulos y las piñatas de Shannen, pero nuestra furia fanática no tenía fin. Tras una reñida final, los alter egos españoles fueron seleccionados y les enchufaron a presentar La quinta marcha. Corría el año 1992 y éramos Europa aunque, como siempre, Telecinco llegaba un poco tarde. Han pasado casi 20 años ya de toda esa locura, pero viendo la inmensa laguna que tenemos con este tema, me parecía bueno recordar todas estas tontunas y, sobre todo, darle algo de perspectiva al éxito televisivo. La tele no nació en 2004, amigos. Como me ha quedado muy largo, otro día hablamos de otro mito indignante: Brenda Walsh no era una perra maligna. * Una imagen vale más que mil palabras: la portada lo dice todo. No queríaJoder, lo que voy a decir me resulta durísimo. No quería seguir a la masa, pero tengo que decirlo: amo Glee. Rápido, ¡a ver el vídeo antes de que lo quiten! Aunque supongo que los clásicos o amantes de las películas de Norah Ephron preferís escuchar esta. Cambio de manos Mi pobre NBC está que no levanta cabeza. Aparte de la sangría de espectadores, se la siguen rifando, vendiendo y comprando las diferentes corporaciones americanas como si fuera el funcionario cojo y ciego que toda empresa pública se ve obligada a arrastrar. Ahora se la ha comprado Comcast a General Electric, pero no temáis por Jack Donaghey: GE aún retiene el 49% del accionariado de la nueva NBCU. Eso sí, Jeff Zucker seguirá siendo el consejero delegado de la nueva mole. Parece que no se quieren quitar a semejante tuercebotas de encima.Uno de los lastres que la NBC se quitó (o creyó quitarse) hace un par de años fue Scrubs, que el año pasado se pasó a la ABC. La cadena del abecedario ha aprendido alguna lección en estos años y se ha dado cuenta de que no todas sus bazas pueden residir en inventarse «la nueva Perdidos» o fundamentar su audiencia en el drama y en la población femenina. Diversificar la parrilla pasa necesariamente por tener en nómina alguna que otra comedia. Además de comprar Scrubs, Steve McPherson estaba dispuesto a llevarse también a la vieja Christine si la CBS le daba boleto. Muchos se planteaban si comprar series antiguas y con poca audiencia resulta una táctica inteligente, pero cuando inviertes a medio plazo, necesitas algunos arietes que no te importe quemar en la causa de que te asocien con la comedia. Poco a poco, lo está consiguiendo y hasta parece que Scrubs (ahora subtitulada Med School) ha remontado audiencia y hasta ha ganado a The Biggest Looser de su antigua casa, la NBC. ¡Ja!Todo este rollo viene porque he estado de hospitales estos días por causas familiares y, en las sábanas, he leído Hospital del Sagrado Corazón. Cuando en esos momentos tu cerebro vuela hasta California para acordarte de J.D. y sus amigos, sabes que es verdadero amor. Viva Scrubs, viva la enmerdada NBC y ¡viva la televisión! Café con leche
Otra de las cosas que me gustan de la nueva V es que han metido a un visitante negro. Desde siempre, las minoriás raciales han peleado para que se las incluyera dentro del elenco protagonista de las series y adquirir una visibilidad mayor en las actividades cotidianas de la población. Si tu médico de cabecera es negro y el que te pone el café es hondureño, ¿por qué tu héroe de ficción favorito no puede ser chino? Hasta hace muy poco, los problemas de raza en las series nos parecía algo muy Bill Cosby. Se presentaban los problemas de una manera tremendamente simplista en las series familiares --estilo que luego copió Milikito-- y la audiencia pensábamos que para qué perder media hora de sitcom en algo que parecía claro desde el principio. Luego llegó la inmigración a España y parece que cambiamos el chip. Nadie aprecia los anuncios de Hemoal hasta que le empieza a picar la retaguardia, vamos.
Un negro y medio en V, un coreano en Flashforward y una hispana en Modern Family son algunas caras de las nuevas series de la temporada. Hasta ahora, parecían formar parte de una cuota de modernez, aunque ahora ya atisbamos un terreno en que empiezan a definirse como personajes a pesar de su raza y no por ella. Creo que, de un modo natural, nos chocan los elencos más blancos que Ariel. En un mundo en que la audiencia pide, o bien productos totalmente fantásticos o absolutamente realistas, los elencos interraciales se han convertido en una herramienta adicional --consciente o inconsciente-- de la que echar mano para dar más verosimilitud y riqueza a los productos. Aún queda mucho trabajo que hacer por aquellas tierras; por estas, ni te cuento. Controlando pero fluyendoVer tele a solas es un rollo tremendo. Entre otras cosas, no puedes hacer comentarios sobre lo que está pasando. Bueno, puedes hacerlos en voz alta, pero no tiene ni la mitad de gracia que ver Hombres, mujeres y viceversa con tus colegas en casa. Gracias a Sorkin, pulsando CTRL + S podemos congelar para siempre esos momentos que generan en nosotros toligos mentales que necesitamos compartir. Para inaugurar esta nueva irregular sección regular del blog, aquí van algunos de ellos: Menudo cortocircuito neuronal el sufrido ayer cuando Kate Mulgrew apareció de esta guisa en el episodio piloto de Mercy. Uno ya ha visto casi de todo en la tele, pero ver a la capitana Janeway, cigarro en mano, regalando a su hija un paquete de seis bragras de los chinos para que vuelva con su marido es muy jevi metal. Ya hemos visto que la Mulgrew ha tenido grandes momentos televisivos, pero unos pendientes de Yeni y un chándal parcelero no se digieren con facilidad sin una cuidada preparación previa. Y eso que siempre me la imaginé como la típica vieja loca que se anima al segundo cubata. Al menos ha vuelto al moño original, aunque desde que la ascendieron a almirante, parece necesitar ayuda con toda urgencia. De aquí al Cabañal hay un paso, Kate. Lo del tema de la igualdad está pasando de castaño a oscuro. Vale que muchos machos leñadores veían Friends por comprobar que en el estudio hacía mucho frío y a las actrices las obligaban a no llevar sujetador, pero otro momento «¡Mis ojos!» de la semana (pasada) ha sido descubrir los pezones de Doug Savant. ¿PQC? Basta ya de ahorrar dinero en calefacción (y papel de celo) y despidan al director que aprobó semejante secuencia traumatizante. Sé que ninguno estaréis viendo Parks and Recreation. Como os dije, la segunda temporada es mucho mejor que la primera, aunque si tampoco os gusta The Office, ni lo intentéis. Uno de los episodios más divertidos de la temporada es la visita de los representantes de Baracua, la ciudad venezolana hermanada con Pawnee, capitaneados por Fred Armisen (seguramente el nombre de la ciudad no es casual: Armisen interpreta a Obama en el Saturday Night Live). Entre los muchos puyazos y guiños a EE UU y Venezuela, he querido destacar el escudo de la ciudad venezolana, donde se atisba a Chávez, dos ametralladoras y lo que parece ser un martillo y diversa parafernalia de corte obrero y rural. No es que sea humor fino o sesudo, pero me partí de risa al verlo. Algo parecido sucede con Glee y sus atrezzos. Cuidar los detalles es cosa de los grandes y qué duda cabe que Glee lo es. ¿Qué os parecen los trípticos que la psicóloga del cole tiene a su disposición para bregar con tanto drama adolescente? Me fascina el de la mamá bipolar que no para de gritar. Y no podíamos acabar este repaso de zurraspas televisivas sin dejar de mencionar a los manguitos de la inefable Mika (de los Mika y Canaan de toda la vida). En quince temporadas de El gran reto, hemos visto de todo: leonas con delirios que piensan que la compañía aérea cambia de avión porque lo piden, garrulas que opinan que los países africanos son pobres porque les gusta vivir así, desequilibrados que gritan a su mujer en la Puerta de Brandenburgo, meonas que tienen que parar a evacuar antes de llegar hasta Phil, emuladores de Hellboy que llevan a gala no saber ni ir a comprar solos... pero hasta ahora no habíamos visto a la encarnación del proverbial cero a la izquierda. Mika ha resultado ser la típica paleta de pueblo que tiene miedo a las alturas, el agua y hasta a la vergüenza ajena. De esta guisa se plantó en Dubai para tirarse tobogán abajo en un parque acuático. Solo me cabe añadir: Go, Bigeasy! |