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Año nuevo, vida nuevaQueridos amiguitos: Echo el cierre de emisión. No es nada chocante tras varios años de escasa actividad y menos actualizaciones. Lo he pasado bien, he hecho grandes amigos, he aprendido muchas cosas y quiero pensar que, en su día, también tuve algo que contar y que enseñar. Sigo amando la tele, su mundo, su lenguaje, sus posibilidades... pero me falta el tiempo y la ilusión de continuar blogueando sobre ella. Hoy, el mundo que rodea la tele en España es muchísimo mejor que aquel erial que teníamos en 2003, cuando arrancó Mi caja tonta, y todo aquel que quiera puede ver colmadas sus ansias teléfilas. Continúo haciendo alguna barrabasada como teleginio en activo, pero esta aventura se acaba oficialmente. Aquí queda este blog como testimonio de mi paso por la red. Millones de gracias a todos los que pasastéis por aquí y a los despistados que aún recaigáis por este viejo blog gracias a san Google. ¡Hasta siempre! Juanjo Seis años«[...] y esta es mi mujer, la doctora Meredith Grey.» Pronunciadas por el doctor Shepperd, resumen muy bien el largo camino recorrido por Anatomía de Grey en sus seis sinuosos años. Qué pedregosas fueron los dos últimos años y qué pena que hayan ensuciado el nombre del culebrón, porque está mejor que nunca. A ver si no la fastidian con el final de temporada «superespecial» que tienen pensado. Un kilo de azúcar
Alex Kurtzman y Roberto Orci han sabido explotar este fenómeno en Fringe, una serie que mete mil patadas a la ciencia y que, al menos sus espectadores, aceptamos con gusto una vez pasados los primeros momentos de desconcierto. Con los años, Kurtzman y Orci no solo han aprendido a hacer televisión, sino a hacer espectáculo. Lejos quedan el horror de Xena y Hércules, ahora se dedican a Star Trek, Transformers y palomitadas similares. Puede que no sean grandes películas, pero constituyen un espectáculo de libro.
Parece un guiño a los críticos absurdeces como que Peter te resuelva el teorema de Fermat en la cola del Wal Mart, hable mandarín fluido y luego te ponga en contacto con la mafia iraquí. Tras un inicio de temporada algo titubeante y forzada --¿no os echasteis a temblar con la agente-monja?--, los chicos de Fringe han sabido corregir los excesos y catetadas de la primera temporada. No han arrebatado personalidad a la serie: sigue siendo Expediente X con bolas rojas, pero ahora los actores están mucho más cómodos, la relación entre los jugadores están más definidas y la consistencia de las reglas internas de la serie... bueno, estamos hablando de Bad Robot, ¿no? Si sois de los que bufáis con desaprobación científica al enchufaros al mundo de Walter, seguid sin verla. Al resto de los que os marchastéis, os animo a que volváis; la serie ofrece un escapismo estupendo, con efectos especiales chulos, realidades alternativas locas, los dientes falsos de Leonard Nimoy y unos walterismos que han evolucionado para darnos un John Noble sobresaliente. Solo falta Victor Garber por algún sitio (¿el papá de Olivia?) para que la cosa sea perfecta.
Por cierto, he descubierto un blog sobre J.J. Abrams muy estrambótico. Si los chicos que lo llevan persisten en su empeño, algún día lo enlazaré. Ray Romano se ha hecho un poco gafapastaRomano triunfó como las Grecas en la CBS con Raymond --un éxito para cuya explicación se ha construido el Gran Acelerador de Hadrones del CERN-- y se ha tomado un tiempo en regresar a la tele con Men of a Certain Age. De hecho, ha llevado más de un año hacer el piloto y continuarlo, pero todo este deambular parece haber merecido la pena. La TNT tiene un producto de cierta enjundia entre sus manos. Men of a Certain Age se vertebra en torno a tres cuarentones que llevan una vida sin demasiados sobresaltos; Joey (Romano) es un empresario recién separado de su esposa que coquetea con la ludopatía; Owen (Andre Braugher) es un padre de familia que detesta su trabajo de vendedor de coches, pero lo tolera a la espera de que el dueño del negocio --su padre, cuyos modos detesta-- se jubile y se lo deje todo; y Terry (Scott Bakula) encarna al típico maduro musculitos yanqui, que alterna su trabajo de oficina con saltar de cama en cama y tapar las entradas peinándose el flequillo hacia adelante. Los tres colegas se enfrentan a sus frustraciones y dilemas en la sobremesa o haciendo senderismo, dándose cuenta de que la vida dista mucho de estar resuelta hacia los cincuenta, aunque la viven con resignación, sin sazonarla de la consabida crisis. El drama se toma a sí mismo en serio e intenta huir de los clichés esperables. Como extra superplús, se agradece que, a pesar de ser de cable, los guionistas huyan de sexo con cabras, diálogos forzadísimos, secuencias oníricas donde el protagonista se coma su propia cabeza, silencios inverosímiles o planos picados de pies con juanetes para representar la insoportable levedad del ser. Dadle un tiento, a ver si os hace tilín u os aburre a muerte. A mí me ha reconciliado con el clon adulto de Zach Braff. Morralla¿Nunca os ha pasado que alguien os dice «Tienes que aguantar los primeros 50 capítulos de esta serie y entonces empiezará a gustarte»? A mí me pasa de vez en cuando y entonces decido no empezar a verla o, al menos, no inmediatamente; no me sobran 50 horas, se me hace un aperitivo larguísimo. Las series de cable suelen ser así. Habrá gente que diga que soy un garrulo por afirmar tal cosa. No se molesten en juntar las letras, lo damos por sentado y les ahorro el trabajo. Con un par de excepciones, solo he disfrutado levemente de los dramas de cable cuando he estado deprimido (y medicado) o cuando me he visto las temporadas en cuestión de días. Su formula --que la tiene-- está tan diluida y a veces tan dispersa, que hay que bucear mucho para rescatar las perlas. Es otro mercado, es otra manera de contar las cosas... no vamos a descubrir nada a estas alturas. De nuevo medicado (esta vez antibióticos), por fin he hincado los dientes al tercer año de Mad Men. Por Santa Bárbara, ¡esta serie es pura morralla! Aunque está tan bien presentada que no puedes dejar de verla. Un episodio y otro episodio y otro más... y se pasan media docena, te preguntas por qué January Jones tiene trabajo y encima allí no ha pasado nada. Eso sí, de vez en cuando encuentras el principio activo en una secuencia, en un diálogo, en una escena y, ¡zas!, ya estás enganchado para media docena más. Menudo pedregal este tercer año de Mad Men. Una decena de secuencias apreciables y tres escenas míticas en trece episodios de un drama multipremiadísimo, ¿estamos locos o qué?. Debe de ser un nuevo récord mundial. Eso sí, cada vez que alguien diga «Shut the door, sit down», no podré evitar sonreír. Creo que se la voy a regalar a mis padres por Reyes y revisionarla. Fijo que en español está diez veces mejor. Os dejo ya. Quería acabar 2009 con este pensamiento positivo enmarcado dentro de la habitual provocación de este sitio. Como siempre, huid de los especiales navideños, de la comida grasienta y del alcohol. ¡Ah! Las campanadas por la radio en familia tienen muchísimo más encanto. Y, hablando de radio, también os emplazo a que escucheis nuestras tertulias televisivas, las mejores que se hacen en España sin duda alguna. ¡Hasta el año que viene! A propósito de Sensación de vivirHace unas semanitas, tuve la oportunidad de compartir mesa y mantel con mis teleginias, bytheMontse, la telepatrullera Marisa, nuestra Rosa y algunos seriófilos en la nómina de Canal+, en el tercer tiempo del I Festival de Series de Madrid (os lo contamos en la tertulia, ¿os acordáis del capítulo 5?). En esa reunión tan gastronómica surgió el tema de Sensación de vivir y constaté algunas cuestiones que me venía temiendo desde hace tiempo.
El tiempo ha terminado por difuminar el exitazo sin precedentes que tuvo Sensación de vivir en la España de los 90. Es normal que los veinteañeros tempranos de ahora apenas lo recuerden porque eran jóvenes o traten a la tele antigua con desdén, pero me da rabia que los treintañeros actuales estemos olvidando aquel impacto total que tuvieron Darren Star y Aaron Spelling en nuestras vidas, mayor incluso que el de series actuales.
En el momento álgido de la serie, Telecinco hizo una maniobra de doble tirabuzón publicitario que nos fundió los plomos a todos: se trajeron a Ian Ziering y a Brian Austin Green a España para pasearlos un poco por el Foro y colgarlos del brazo de Arantxa del Sol. Madrid se paralizó y hordas de fanes tomaron el aeropuerto para besar el suelo por donde pisaban. Años después, Ziering aún recuerda que el mismo ejército tuvo que abrir paso y sacarles del avión de la que se lió en Barajas. Minuto 1:00 del vídeo: Lo que muchos han olvidado --quizá reprimido-- es el segundo frente de ataque de Telecinco: el cruce de Sensa, Hablando se entiende la basca y su magazine juvenil La quinta marcha. Sí, hubo un momento en que tener cinco marchas en el coche (y las palabras «marcha» y «basca» en sí mismas) era increíblemente moderno. Mientras Chicho tocaba a las bailarinas de Tutti Frutti, alguien pensó en hacer un cásting de dobles de los actores de la serie y durante semanas, los aspirantes a Brandon, David, Kelly y, ¡glups!, Andrea que tenían DNI español se pasearon por los platós de Telecinco. Todos queríamos tener a una Brenda en nuestras vidas y soñábamos con ir al supermercado y cruzarnos con Kelly Taylor comprando una lata de atún claro Isabel, pero nuestros delirios pronto se dieron el castañazo con la realidad. Las Brendas de Alcobendas, las Alcobrendas, distaban mucho de tener los pómulos y las piñatas de Shannen, pero nuestra furia fanática no tenía fin. Tras una reñida final, los alter egos españoles fueron seleccionados y les enchufaron a presentar La quinta marcha. Corría el año 1992 y éramos Europa aunque, como siempre, Telecinco llegaba un poco tarde. Han pasado casi 20 años ya de toda esa locura, pero viendo la inmensa laguna que tenemos con este tema, me parecía bueno recordar todas estas tontunas y, sobre todo, darle algo de perspectiva al éxito televisivo. La tele no nació en 2004, amigos. Como me ha quedado muy largo, otro día hablamos de otro mito indignante: Brenda Walsh no era una perra maligna. * Una imagen vale más que mil palabras: la portada lo dice todo. No queríaJoder, lo que voy a decir me resulta durísimo. No quería seguir a la masa, pero tengo que decirlo: amo Glee. Rápido, ¡a ver el vídeo antes de que lo quiten! Aunque supongo que los clásicos o amantes de las películas de Norah Ephron preferís escuchar esta. |
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